domingo, 1 de enero de 2017

2k16: Cuentas claras

No sabía lo que era tomar consciencia del tiempo hasta que me propuse solo tres metas tangibles y no 12 inexplicables.
Entonces supe que estaba más cerca de los 30 que de los 20 y que hay cosas de las que soy más responsable que antes.
Aunque todavía no sepa administrar ni mi dinero, mis relaciones, ni mi vida nocturna. Y quién sabe cuánto más.
Que mi vida de bailarina está más cerca de convertirse en un espejismo que en el presente.
Que mis amigos del colegio empezaron a casarse y a irse. Que éramos seis y ya solo quedamos dos. O menos.
Que mi imaginario se está desdibujando también: despedí al padre de la iglesia y a mi psicólogo, que se fueron, que no aguantaron, que pudieron menos que yo.
Pero acostumbro medir mi vida en viajes y no en meses, también como un acto de fe.
Así llegué a la Colonia Tovar con mis amigos del colegio y terminamos en Margarita por una semana más.
Ernesto nos acompañó desde Chile hasta el Caribe.
Con el bronceado puesto hice una tesis de maestría que jamás pensé que podría entregar a tiempo y, cuando la defendí, alcancé una mención honorífica.
Celebré mi cumpleaños en Curazao, con la salsa mejor bailada del mundo.
Abracé a Marvis.
Viajé a la Isla de La Tortuga.
Y di de frente con el verdadero significado de Venezuela: la dualidad entre el paraíso y el infierno.
Me robaron todo.
Todo.
Hasta la sensación de haber estado en el mismísimo cielo.
Por primera vez sentí miedo por mi vida y por los pasos que vendrían.
Pero no dejé de salir. 
Porque vivir con miedo también es una decisión.
A la semana siguiente fui a Morrocoy.
Encontré en mi primo a uno de mis grandes amigos.
Bailé con Gianni, que vino desde Marruecos.
Fui a una boda con Carlitos, que vive en Madrid.
Despedí a Luis, Oriana, Ashley y a Claudio.
Tuve cerquita a Jesús y a Daniela, aunque estén tan lejos.
Abracé mucho a Tati.
Solté mucho también, aunque me siga costando cerrar ciclos.
Seguí extrañando horrores a Joel.
Volví a Margarita, con Ye y mi mamá.
Escuchamos gaitas en un bote y nos lanzamos mar abierto a conocer una cueva.
Nunca dejé de comer tres veces al día.
Y comí rico, además.
Cada vez con más esfuerzo, con más miedo de que no volviera a pasar.
Mantuve mi peso.
Fui por primera vez a un hospital público.
Conocí enfermos de 15 años, desahuciados por falta de medicinas.
Conocí a niños de meses de nacidos, desnutridos por falta de alimentos.
Escribí sobre ellos.
Y recé muchos días seguidos para que no murieran.
Regalé mis Barbies.
Descubrí que el periodismo no conoce de fuentes, sino de buenas historias.
Y que hay sólo dos infinitivos que realmente me hacen vibrar: bailar y escribir.
Volví a la universidad, para dar clases de Gestión Cultural.
Me invitaron a dar charlas.
Se abrió una mención homónima gracias a ese esfuerzo.
Fui tutora por primera vez. Firmé tres títulos y una carta de recomendación para un PhD.
Seguí haciendo talleres sobre periodismo.
Atendí a mis maestros de la FNPI en Caracas.
Me volvieron a robar un teléfono. El séptimo en cinco años.
Pero lo recuperé, por segunda vez, gracias a la tecnología.
Llegó la graduación, tan rápida como inesperada. La primera meta cumplida.
Y la única, de las tres que me propuse.
Porque este año también aprendí que hay mucho que no depende de uno.
Que hay que ser muy consecuente con las cosas que son más difíciles.
Y que no tengo problema alguno en volver a plantearme solo dos metas tangibles y no 12 inexplicables.
Aun así, en 2016 me dio pena ser tan feliz en medio de tantas quejas.
Con tanta suerte en tantas cosas.

Como solo la improvisación se logra con una técnica bien estudiada, mi 2017 comienza con una propuesta: bailemos #AlSonQueNosToquen

Foto de Rui Cordovez