A mis cuatro presencias. Que no son cuatro y no son mías.
Porque tratan de estar, o ya no están…
Un espacio grande, amplio. Con muchos espejos. Música de fondo y una pareja imaginaria. Lycras, gelatina, ganchos negros. Lista para crear y soñar, al ritmo de la melodía que me dicta el corazón. Mis manos, que dibujan líneas, crean movimientos. Se va incluyendo poco a poco cada parte del cuerpo. Dos son los cuerpos, dos los sueños, dos que crean lazos hasta convertirse en espacios, inconmensurables además, dentro del alma de alguien que se ha llenado de a poquito con momentos felices, para cubrirse irremediablemente de tiempo.
Luego, las coreografías se tornan vacías. Finalmente, las manos logran encontrarse. Tú en una esquina, viéndome, admirando cada detalle y escuchando cada nota. Sin embargo no te detienes. Yo te veo… Y me creo invisible. Tú, sabes que no lo soy, pero igual decides seguir. El mundo me atemoriza; a ti te inquieta. Sigo bailando.
Hay luces como en los escenarios, que llenan el espacio de colores por segundos, mientras suena la música. A propósito, eres experto en eso. ¿Nunca te lo dije? Sabes crear los acordes indicados para la ocasión. Apuesto a que lo sabías, y por eso atinas cada vez. Bueno, no siempre. A veces, con tu premura, logras desafinar en algunos, eso no se olvida. Pero no se lo diré a nadie. Solo tú y yo… Cómplices.
De vez en cuando te haces el sordo, pero sabes que no te creo. Siempre te lo reprocho. Sé que escuchas claramente el silencio en las tristezas y la agitación en las alegrías. Me conoces tanto… Tomas la barra del salón con fuerza, y escribes las medidas, los colores, las telas. Tu lugar está en los detalles, siempre en medio de todo. Nadie le gana a tus ideas: atinadas y llenas de buen gusto, que le dan valor agregado a las presentaciones.
Prolongo la extensión. Mi pareja imaginaria eres tú, mis movimientos son para ti. Sigues caminando. Recorriendo una avenida que tiene transversales, unas muy alejadas de las otras. A medida que pasan los minutos, me vas detallando en la distancia… en el silencio. Las notas de cada melodía se entonan solas, automáticamente. El tiempo las desvanece. La luz parece opacarse. Y nada.
No vuelves. Un cambio de ropa y me libero de la rutina. Basta de coreografiar momentos que se quedan guardados en la memoria. Ahora no hay, ni uniforme, ni trabajo, solo baile. Dos son los cuerpos; uno ya no está. Me siento vacía, continúo mi vida. Grandes banquetes dan lugar a un brindis en tu nombre. Vinos que se ahogan en lágrimas por recordar tu dulzura, a la vez que adquieren fluidez los desplazamientos de las pantomimas que protagonizo.
El mueble ubicado en el espacio aquel, tiene una sombra, que vierte toda su sabiduría en un papel grisáceo, para evitar el Alzheimer. La veo cuando utilizo los ocho puntos reglamentarios, y retorno al lugar, porque no puedo desligarme totalmente de la historia. En la esquina, veo una silueta sujetando la barra. Está intermitente, parece incrédula. Es que se da cuenta que los movimientos ahora son falsos, poco innovadores, la energía no es la misma. Por eso ya no es permanente.
Amaneció y no me di cuenta. Estaba entrando en ritmo con el nuevo montaje. Presencia, foco, nitidez. La idea es retomar el movimiento, sentirlo, no automatizarlo. Logro ser feliz… valses, salsas, tangos: varío. De a poquito, como siempre. A sincopado recuerdo y me escondo. Sé que tú estás ahí, a veces arriba, viéndome llorar; cuando estás en algún lado, sé que me imaginas sonriendo; y cuando estás a mi lado… me ves. Sencillamente me ves. Aún ahí, con un poco más de soltura, pero con el mismo sentimiento.
Las oportunidades nos enseñan a crear nuevos espacios y a utilizar el escenario como trampolín a otras realidades que queramos transmitir. Una promesa se hace y se rompe fácilmente, pero queda… Y tú quedas. Estarás escondido, viendo hacia acá. En algún punto de la transversal, deteniéndote. Volviendo a la intermitencia del sentimiento y las ganas de ver el espectáculo, aunque sea repetido. Cada vez que lo ensayo, lo renuevo. Tú sabes que los artistas necesitamos vestuario y piezas nuevas.
Como las manos, nos volvimos a encontrar, con nuevos movimientos que decidimos crear. Camino por el espacio, creo en los viajes, deseo seguir. A ti ya no te inquieta el mundo… porque ya lo recorriste. No tomas la esquina, perteneces al show. Me detengo a preguntarte, pero no me sale nada. Son los mismos pretextos, el mismo color de cabello. La misma piel unida, convertida en una sola. Mezcla natural, que exalta los paisajes ante tu mirada y la mía.
La magia no se termina, lo descubrimos: nos une y nos pertenece, para siempre. En un diálogo mudo nos hace brillar. Aún creemos en nuestra estrella: grande, como el infinito. Distinta, como cada atardecer… Y pura, sobre todo pura. Cuando estamos juntos y pertenecemos al otro. Solo eso.
6 comentarios:
¡Qué bonito! ¡Qué rico escribir, de forma tan pura, sobre algo que te apasiona! Es un gran reto hablar de lo que sólo nosotros disfrutamos en silencio. Todos bailan, pero todos lo sienten de forma distinta.
Muy conmovedor mi querida Marcy.
La estrella en el infito sonríe para ti... ;)
...oigo hasta la música de fondo.
Te quiero, Mar Caribe.
Esta genial Mar!! La forma en que te expresas... y del tema en particular... definitivamente muy Marcy!! Muy bonito de verdad!! :D
Sigue asi amiga! Y gracias por compartirlo :)
C-ya
El lugar: el backstage de un gran teatro, el ambiente: a punto de comenzar un gran baile, tu cara: una mirada fija hacia la imaginación mientras te vas vistiendo con tus medias de nylon negras, la música: esa que colocan al comienzo de una función y probando el sonido [1,2,3 probando..]
Eso es lo que me sugiere el baile de salón..Vive la música y baila como si nadie te estuviera viendo
¡Cree en la música porque ella espera por tí! El baile es el producto de eso
Besos miiiiiiles..teadoroooo!!!
Una maravilla que ahora me creo un poco más...
Besos inmesos.
Te quiero mucho, Marcy Alejandra.
Fascinante! Podría pasar una buena parte del día leyendo esto...
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