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domingo, 13 de septiembre de 2015

De cómo hice un taller en la FNPI

Una de las experiencias más emocionantes de mi vida se la debo a este texto, con el que quedé en el taller Cómo se escribe un periódico impreso o digital, de la FNPI. 



Sí, estudié Periodismo en la universidad pese a que todas las veces los autores de los libros que me gustaban decían que no, que ese es un oficio que se aprende pero que nadie sabe bien cómo se enseña. Lo hice en una universidad privada que mi mamá podía pagar con esfuerzo, luego de que aprobara sobresaliente una prueba de admisión en la que más o menos dos mil bachilleres competíamos por el mismo pupitre. La peor recompensa a esos cinco años es lo que pone el pergamino: “Licenciado en Comunicación Social”, obviando lo importante: especialista en Periodismo. Ese día, cuando leí mi nombre debajo de la frase –con la toga puesta–­, entendí que de nada servía el protocolo si no tenía práctica, que la crónica y el perfil y el reportaje había que buscarlo en los recovecos de la ciudad.

Pero un día salí de mi casa y desde el ascensor vi vecinos llorando. Caminé por el puente que conecta la urbanización donde vivo con la estación del Metro y había más como ellos. Más adelante una tarima tenía parales con micrófonos abiertos en los que agrupaciones de música llanera –la típica venezolana– sonaban nostálgicos. Y en un cambio de tema, apareció un féretro y con él una marea de personas que no estaban ahí hacía apenas segundos. Lloraban desconsolados, cargaban afiches con la fotografía del lamento, niños en los hombros, familias enteras que habían hecho vigilia en el hospital donde había fallecido el presidente Hugo Chávez, el mismo desde hacía 14 años en el país. Tenían franelas con la mirada fija de él, como yo, que ese día me puse una para camuflarme e intentar entender al otro desde sus emociones, que se contagiaban sin mediar palabra. Como un ejercicio intuitivo.

Entonces tuve muchas ganas de seguir caminando, de alcanzar la velocidad del cortejo fúnebre. Vi a periodistas corriendo al mismo ritmo que yo, a fotógrafos montados encima de motos estacionadas tratando de encontrar los mejores ángulos picados. A videógrafos que habían subido a algún edificio y desde una ventana prestada presionaban el “REC” de su cámara. Los carnets de agencias internacionales ese día no valían entre la multitud para conseguir los mejores puestos en la caravana, o la mirada para su relato. Ese día entendí cómo yo no podía dejar de estar en el acontecimiento más importante de la historia reciente de mi país, aunque disintiera políticamente del personaje. Ese día vi el furor de la gente en la calle y lo que hice fue escuchar lo que decían en medio de su tristeza, lo que les decían a sus hijos que cargaban muñecos con la figura del hombre que iba en la caja de madera que perseguían, lo que comentaban con otros desconocidos. La libreta y el bolígrafo quedaron en el bolsillo; el grabador solo captaba ruido de ambiente: ése día fue determinante para entender que una historia puede tener mil ángulos y que solo nosotros, los periodistas, los encargados de vivir la información para transmitirla, teníamos el poder –y el deber– de convertirnos responsablemente en una pieza de rompecabezas capaz de reconstruir por sí misma un hecho en conjunto con todos los trabajos que se estaban generando ese día en los medios de comunicación del mundo entero. Que el perfil que había hecho Jon Lee Anderson era importantísimo, con aquella visión del investigador abnegado y extranjero que tuvo la oportunidad de viajar en el mismo avión que Chávez, pero también lo era el periodista que hizo la fila entre los millones de personas que querían ver el cadáver en Los Próceres. Ese día supe que las ganas de estar presente tenían un único motivo: querer contar una historia y querer contarla bien.


Desde ese día, y hasta hoy, cuento con dos de mis textos en compilaciones de periodismo narrativo, uno de ellos de un personaje anónimo que vive en Choroní, un pueblo costero a cuatro horas de Caracas, y que publicó la Revista Marcapasos gracias a un premio que ganamos en una bienal de literatura. Sí, trabajé en los medios tradicionales: fui periodista de cultura en El Nacional, productora en radio, editora en una web de entretenimiento y he sido víctima varias veces de las estrategias publicitarias. Pero aquí estoy: tres años después de haberme graduado, con un Magister Scientarum en Gestión y Políticas Culturales, cinco semestres docente de Periodismo I en la universidad donde estudié, y otros dos años como colaboradora en Prodavinci: una web que me permite contar a la sociedad venezolana desde los personajes que rondan los conciertos desde la butaca más lejana o el camerino más exigente, pero pocas veces desde el escenario. Porque como dice mi editor, Willy Mckey: “Esto es un intento más de la música para ver si puede sacar lo mejor de cada uno de nosotros”.

sábado, 22 de febrero de 2014

Cosas que extraño de mi vida normal



La oposición venezolana lleva por lo menos 10 días protestando insistentemente contra el gobierno actual. Además de la inseguridad, el desabastecimiento, la crisis económica que se hace insostenible, las inefectivas políticas de Estado que solo han generado más corrupción y violencia, las protestas han dejado un saldo (oficial) de nueve muertos, alrededor de 150 heridos, al Táchira desabastecido, militarizado e incomunicado y creo que a todo el país con un daño psicológico grave. Hay personas armadas que pasan por los edificios de las urbanizaciones de toda Caracas a soltar ráfagas de tiros, perdigones, bombas lacrimógenas sin importar balas perdidas, tranquilidad o ineficiencia en el desarme prometido. Venezuela ya ha traspasado los límites más alarmantes de violación a los Derechos Humanos con torturas denunciadas de 18 de los 506 estudiantes que están injustamente detenidos por parte del SEBIN y la Guardia Nacional Bolivariana según cifras del Foro Penal Venezolano. También ha pasado los límites de la polarización.

Además del descontento por el gobierno de Nicolás Maduro, también hay un vacío de líderes en la oposición. Leopoldo López quedó preso luego de que se entregó por una orden de captura que ordenó el presidente en su contra y Henrique Capriles lleva a cuestas dos golpes muy duros en derrotas electorales, a pesar de que sus palabras son cada vez más certeras y que, aunque a algunos se les olvide fácilmente, “dejó el pellejo” y consiguió más de siete millones de votos hace un año con una campaña electoral de tan solo 10 días. Héroe.

Los medios de comunicación cada vez comunican menos. A los periódicos no se les han dado las divisas para poder importar el papel con el que pueden imprimir todas las páginas habituales. Muchos cerrarán a finales de mes. Hasta hace unas horas, Conatel le había retirado las credenciales a los periodistas de CNN y, días antes, quitó de la parrilla de suscripción a NTN24 por informar ampliamente de todo lo que les conté arriba. Meses antes Globovisión fue vendido, igual que la Cadena Capriles, y se sumaron a la lista de medios de comunicación de reputación dudosa, aunque los periodistas que allí laboran intentan defender sus espacios y hacer el juego editorial lo más limpio que pueden. Más de una docena de periodistas han sido agredidos estos días, según el CNP. 

En cadena nacional, Nicolás Maduro amenazó con sacar una lista de artistas y periodistas que informaban por las redes sociales para quién sabe hacerles qué. El servicio de conexión ABA de CANTV (empresa de comunicaciones nacionalizada) prohibió la circulación deimágenes a través de Twitter y la aplicación Zello, utilizada para comunicarse entre vecinos por zonas a la hora de las guarimbas, también reportó intervención. Aplicaciones de VPN como Tunne In Bear y Hotspot Shield colocaron su descarga gratis para Venezuela en solidaridad.

Salió a la calle una presunta consulta pública que tendremos sobre los “ornamentos corporales” (tatuajes) en genitales y antebrazos. Se dice que a los detenidos se les inhabilitará el pasaporte para que no puedan viajar (la cosa es que no hay pasajes y los pocos que hay tienen cinco veces el precio real). Acaban de devaluar con la creación de SICAD 2. Aumentaron la unidad tributaria y, aunque sube de precio todos los años, quiere decir que ahora los impuestos serán más caros.

Me duele la vista de tanto actualizar Twitter para poder estar informada. Como los juglares, vamos transmitiendo la información, rezando para que toda la que nos llegue esté verificada. Whatsapp se cayó a nivel mundial en medio de toda esta locura y uno piensa a la primera impresión que hay aún más censura. Pero esta vez podemos echarle la culpa a Marc Zuckerberg y rogar que no le dé por comprar Twitter también.

***

Yo trabajo en una de las zonas más céntricas de la ciudad y por eso no he podido ir a la oficina en estos días. Justo ahí se forman las concentraciones que más lacrimógenas disparan. El metro lo mantienen cerrado en esa zona desde hace varios días, por lo menos cinco. En el Municipio Chacao es donde está mi vida de lunes a viernes, mi predespacho del fin de semana, mis lugares favoritos para encontrarme con mis amigos, las estaciones del Metro accesibles para poder llegar a mi casa y las aceras más tranquilas para recorrer las tardes caminando y echando cuentos. Como últimamente la única actividad “recreativa” es salir a marchar, me atrevo a esbozar aquí las cosas que profundamente extraño, so pena de que luego alguien pueda tildarme de frívola. No me importa. También tenemos derecho a un mínimo de entretenimiento.

Cosas que extraño de mi vida normal:

1.       Tomarme una birra en los chinos.
2.       Escuchar reguetón.
3.       Hablar con mis amigos sin tocar el tema país.
4.       Ver los Premio Lo Nuestro (o cualquier reality show por cable) sin sentirme culpable de no estar viendo a Patricia Janiot o a Fernando del Rincón en CNN.
5.       Bailar (siempre voy a extrañar bailar aunque esté bailando. Nunca es suficiente).
6.       Ir al cine (casi nunca voy, pero quiero tener la opción de hacerlo).
7.       Que me inviten a planes y pueda llegar a mi casa a las 6:00 am.
8.       Trabajar en espectáculos que no se suspendan.
9.       No temer por mi vida.
10.   Ahorrar para pagar mis deudas y viajar.
11.   Caminar en las tardes por Los Palos Grandes (o por donde se me pegue la gana).
12. Ir a la peluquería.
13.   TENER CALIDAD DE VIDA.


¿Y tú, qué extrañas?
A veces los placeres simples son los más costosos.

lunes, 6 de mayo de 2013

Cambio de hábito


Creo que la vida me cambió en una semana y todavía no me he dado cuenta. Pasé de la comodidad de la pijama, las lagañas en los ojos, el ruido de la autopista con su reguetón a todo volumen y sus muertos malandros a las doce del mediodía con el Ávila de fondo, a un Ávila topográfico pegado en la pared de una oficina que termina con computadoras a sus pies y cuentas de Twitter abiertas que intentan seducir a los más incrédulos. Pasé de la soledad del monitor al frente y mi abuela en la cocina anunciando que ya está listo el almuerzo, al bullicio de una feria de centro comercial. Pasé de un año y diez meses dependiendo de un celular inteligente para conseguir pautas y hacer contactos que se enamoraran de un proyecto de artes escénicas, a una oficina donde todo lo que hay, hay que decirlo de esa manera seductora y cool que busca el que hurga en internet para hacer cosas en la ciudad. Pasé del trayecto cama-silla al tedioso encuentro con el Metro de Caracas, por suerte, sin tanta hora pico. Cambié de estado de transición. Me puse enfrente de mí misma, que necesitaba refrescarme de nuevas visiones que se crearan fuera de un chat. Necesitaba cambiar de dirección.

Además de una oficina, ahora tengo ortodoncia. Mi paladar se ha vuelto cónsono con la saliva que pega de ella y no deja que terminen de pronunciarse las palabras completas. Se escucha raro, se siente impotencia, no me siento yo. En la sonrisa de esta vez se dibujan, además, cuadritos rosados que hay que combinar con la ropa del día, los accesorios de moda y los alambres que te rompen los maxilares y resecan los labios. No comer ha sido una opción y doler, la próxima. Es otra cuestión de costumbre.

Si la vida ya es lo suficientemente corta como para no poder leer todos los libros que quieres o cumplir todos los años al lado de la gente que necesitas abrazar, al 2013 se le antojó comenzar en mayo. Mayo es el mes de mi cumpleaños, el mes de las lluvias y el mes en el que me gusta sonreír más que en todos los restantes. Pero no he tenido tiempo real de detenerme y disfrutar lo mucho que me gustaría hacer mi trabajo final de Gestión de Proyectos para la Danza en Venezuela como una línea de investigación para proponerla al instituto que tiene el postgrado. Sí, porque es la primera vez en mi vida que veo la danza como una materia teórica que invita a pensar sobre el mundo cultural que vivimos ahora mismo. Me encantaría también celebrar mi cumpleaños con una fiesta en un lugar al que pudieran ir todos mis amigos, sin poses, y con mucha música comercial, de esa que se sabe todo el mundo y que –una vez más– todo el mundo niega haberla escuchado. Me gustaría llenar la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño con un montón de personas que vayan a escuchar por primera vez a la Movida Acústica Urbana sin haber escuchado antes de ella, y que logren esa magia de conectarse con lo que es suyo, sin saberlo. Me encantaría hacer de HoyQuéHay un medio de referencia para las carteleras culturales del país en todos los medios. Me gustaría tener tiempo para dormir, para leer, para estudiar, para estar con mi abuela, para pasarle mensajitos de texto sorpresa a Carlitos que vive en España, a Luigi que está en Inglaterra, a Gianni que vive en la luna pero que siempre se consigue a dos cuadras de mi casa aunque no coincidamos.

Esta semana me perdí dos exposiciones de gente muy querida, el estar horas en la feria del libro sin hacer nada y unas birras con mis amigos para contarles el nuevo horario que yo misma desconozco. Aún así, vi a Álvaro a su vuelta a Venezuela desde México, bailé hasta el amanecer en una fiesta literaria, escribí sobre el Circo del Sol, mis alumnos salieron muy bien en sus prácticas y comencé a ver mi vida distinto: con una rutina. A todo eso, aún no me acostumbro. Pero escribiéndolo, veo que voy lográndolo. Todo me da miedo y, por ahora, la única opción es la escritura. Esa que se desvanece en las inseguridades y que permite seguir soñando. Vamos a ver qué pasa.

viernes, 19 de abril de 2013

Salsa, cacerola y rock (playlist para el 19/04/2013)

SALSA para este viernes de democracia

Salsa HCR by Marcy Alejandra Rangel Morales on Grooveshark



También hay un playlist para los CACEROLAzos de las 8:00 pm (si les quedan brazo y ollas)




Y el ROCK: letras de protesta para poner a toda mecha (con información de Planeta Urbe)


¡A BAILAR!

lunes, 15 de abril de 2013

Yo me quedo


I

La señora Olga vivió más de 40 años en un barrio de Ruiz Pineda y llegó a una casa hogar de Vista Alegre luego de varias fugas de otros centros en donde la tildaron de demencia senil precoz y bipolaridad. Cuando la conocí me dijo que quería votar, pero que su hija no quería darle la cédula laminada porque ella apoya a Maduro y no quería que Henrique Capriles sacara un voto que marcara la diferencia.

Ese viernes la monté en el carro de un amigo e inmediatamente la llevamos a un operativo de cedulación. Nos cantó un bolero que desconocemos, pero que a ella le gusta mucho. Nos hizo un poema con su letra de garabatos, víctima de los huecos de las calles de Caracas.

El domingo, a eso de las 9:30 am, estábamos de vuelta en la nueva casa-hogar. La señora Olga nos esperaba con su traje de domingo, unos libros y cuadernos en la mano y una cartera grande. Su cédula la llevaba en el pecho y nos la mostró como Gledys Ibarra cuando habló en el acto de los Artistas con Capriles. Pero esta vez ella vociferaba y lloraba. Quería votar. Y la hija había llamado para que, bajo ningún concepto, la dejaran salir.

En ese momento, mientras las enfermeras decían que la custodia la tenía su hija María Isabel, esta señora hacía una interesante reflexión: sus hijos son cuatro y los cuatro merecían autorizarla. Entonces llamamos a Javier y nos dijo que no solo la lleváramos, sino que además él nos esperaba en el centro, porque era testigo de la mesa donde votaba Olga.

Antes de bajarnos del carro, nos agarramos de los hombros y abrió uno de los libros que llevaba en la mano. Era La Biblia, marcada en varias páginas con anotaciones que quería leernos. Oramos y cambió citas con el nombre de su candidato. Su dedo meñique finalmente combinaba con el resto de sus uñas moradas, que pintó especialmente para este domingo de triunfo. Misión cumplida.


II

A Tamara la operaron de un tumor cerebral hace ocho años y desde entonces no vota, pues su hermana Ana Corina no tiene cómo trasladarla desde Vista Alegre hasta Caricuao. En la silla de ruedas pareciera imposibilitada para discernir, pero a pesar de que no puede hablar, sus manos se mueven y su mirada apunta las injusticias. No votar era una de ellas hasta el día de ayer.



III

El señor Simeón tiene algún problema motor que le impide alejar los brazos del torso y su cédula tiene una sentencia: imposibilitado para firmar. Su familia vive en Trujillo y él vive en Vista Alegre, pero vota en el Sector 3 del barrio La Bombilla, en Petare. Sus piernas se mueven descalzas para dirigir la silla de ruedas que lo mantiene erguido. Pero, a pesar de que quiere un país mejor, no confió en la legalidad del proceso con un acompañante desconocido. Las denuncias electorales lo han hecho dudar. Prefirió, respetuosamente, no hacerlo. Este gobierno le ha enseñado que es mejor evitar las imprudencias.

IV

Edgar no votaba desde el chiripero. Esa fue la elección que ganó su candidato, Rafael Caldera, en 1993. Con miedo entró a la oficina donde anotaríamos sus datos para llevarlo al centro. Nos dijo que iba a votar por su “pana Capriles” y que, por favor, lo ayudáramos a lograrlo. Su silla de ruedas se montaba en el carro mientras otro le mostraba la copia del tarjetón. Cuando le dijimos que solo tenía que presionar un rostro, hizo la mímica y la ilusión del “abajo y a la izquierda” se leyó en sus ojos. No fue un voto perdido.

V

Justo le hace honor a su nombre. Vive en un hogar de San Martín junto con 75 abuelos más. No le hace mucha gracia que la mayoría tenga cualquier tipo de discapacidad (la mayoría senil) y él esté en pleno uso de sus facultades. Pero tiene miedo de reclamarlo en voz alta, porque dice que luego pueden arremeter contra él colocándole una dosis errada en las pastillas que toma “y quién sabe”. Vota a menos de diez cuadras de ese lugar, pero alguien se prestó para llevarlo en carro esta vez. Las uñas de dos de sus dedos son tan largas que lo más probable es que toque algún instrumento de cuerdas. La tinta solo alcanzó a darle en la yema del meñique y eso que metió el dedo hasta el fondo del frasco.


VI

Los otros, un equipo. Vicente, Antonio y Agustín votaron gracias a que Oriana, Mariana y William los llevaron a su centro, pese a que quedaba a menos de dos cuadras del ancianato en donde viven. Manuel se montó en el carro de Mayte, quien acaba de llegar de Estados Unidos con muchas ganas de hacer país con todo lo que aprendió allá. Trino fue hasta Guarenas gracias a la solidaridad de Nancy y Estefanía, quienes se ofrecieron a ayudar a montar gente en el autobús del progreso. La sonrisa de Lilver y su experiencia de sensibilidad en los hospitales, hicieron que pudiera movilizar a dos abuelitos desde San Martín y hasta Chacao. Aquiles, con su camisa elegante y su enfermera privada, se fueron con Federico hasta El Cafetal, para no perderse esta oportunidad de cambiar el futuro de casi 30 millones de personas. Todos importantísimos, dispuestos, unidos. Todos Venezuela. Antes del inicio de la “Operación Avalancha” ya habíamos cumplido.


VII

“La ley respetando, la virtud y honor” cantaban afuera del Instituto Pedagógico de Caracas mientras cerraban el centro electoral. Pedían pasar a la auditoría una y otra vez. “Queremos entrar”, “Patria, patria, patria querida” y otras consignas irónicas eran coreadas por un grupo de aproximadamente 50 personas. Justamente el problema era ese: pensaban que no se estaba respetando la ley, pero en verdad no conocían el procedimiento electoral.

Uno de los guardias encargados del orden, se colocó en una esquina en posición de oración. Acercarse fue un acto de fe. El hombre estaba asustado por su esposa embarazada, quien lo esperaba en La Vega en casa de sus suegros y de donde habían recibido un informe de tiroteos esa noche. Ahí confesó que era pastor evangélico y empezó a orar en voz alta para pedirle sabiduría al pueblo de Venezuela. Antes de dejar pasar a los que estaban ahí en la calle implorando por seguridad, abrazó a los que pudo y dijo en voz alta: “Quiero darles las gracias a ustedes, por su compromiso, por su civismo, porque el cambio que queremos comienza por nuestro propio comportamiento”. La gente aplaudió.

Valdés, un guardia moreno y con dentadura perfecta, intentaba no prestarle demasiada atención a los vecinos. No entendía por qué gritaban. Las mesas estaban cerrando y, según la normativa, primero había que transmitir los votos al Consejo Nacional Electoral, escoger por sorteo las mesas para auditar frente a los testigos y luego pasar a los mirones. No sabían la diferencia entre ser Testigos de Mesa y atender el llamado a “cuidar los votos”. Ahí supe que el mayor fraude lo cometemos nosotros al no conocer nuestra propia ley.

VIII

Llegué a mi casa a las 10:00 pm de una jornada histórica. Mi familia me abrazó y, en medio de su parquedad, se mostraron efusivos en un abrazo de amor profundo por el país. Me sentí satisfecha. Por primera vez somos una mitad compacta, real, específica. Por primera vez tenemos todos los votos de la oposición en una sola tarjeta. Es también la primera vez que el candidato opositor se consolida como un líder para una mitad del país. Es primera vez que le hago caso a un político que me mueve y me retrata en sus palabras. Es la voz que quiero escuchar detrás de un micrófono en Cadena Nacional. Creo en un principio básico de alternabilidad. Se dice que hubo fraude, pero mi candidato jamás utilizó esa palabra. El primer trimestre en Venezuela ha sido intenso, accidentado, pero el más real de nuestra crisis. Y ahora es cuándo. Los feriados, la ley seca, las devaluaciones, la escasez y el retraso en el arranque de este año me han hecho rabiar profundamente, pero también me han dado la oportunidad de sentir que no hay otro lugar del mundo en donde quisiera estar. Este es mi país y lo pienso reconstruir. Nadie ha dicho que será fácil, pero yo no se lo regalo a nadie para que lo erosione. Yo me quedo.



lunes, 24 de diciembre de 2012

Mi 2012 en 25 ítems



1.       Me gradué. Supe por qué el backing pavoso de la biblioteca en las fotos de toga y birrete resalta la sonrisa y el ego de la familia. Me encantó verme de amarillo, de turquesa y de tacones de pasarela.

2.       Llevé 25 campañas de prensa.

a.       Rock and MAU y Liubliana fueron mis más más favoritas. Gracias a Álvaro y sus ganas incansables de creer en mí.

3.       Hice un diplomado de narrativa durante un año académico y descubrí que no soy buena para escribir ficción.

4.       Participé en el Seminario de Periodismo de Investigación de Bigott. En esa semana intensiva lloré, me reí, me dio alergia de nervios y aprendí. Sobre todo, aprendí.

5.       Participé en una exposición sin ser artista plástico. Di un conversatorio en una librería, sin haber escrito un libro, me entrevistaron Graciela Beltrán Carías, Elba Escobar, María Elena Lavaud, César Becerra, Flor Alicia Anzola y Luisana Altamiranda sin ser estrella de rock. Rostros de Choroní da para todo.

6.       Incursioné en la radio: Rocío me enseñó cómo hacer de cinco minutos, un espacio espectacular. Sebastián quiso que hablara de los lugares que a mí me gusta ir en los fines de semana. No sabe que mi mamá me decía “Gata” de chiquita, pero al espacio lo llamó así, La ciudad y los gatos.

7.       Me gustó tanto que es mi biografía en Instagram.

8.       Ah, sí. Tengo iPhone. Me robaron tres Blackberries en un año y me harté del nuevoriquismo e inseguridad venezolanos.

9.       Escribí en la revista Producto y en SIC. Por cierto, extraño mucho a Juan Andrés. Es uno de los editores de esta última y uno de mis mejores recuerdos en la universidad.

10.   Trabajé para un comediante que vive en Bogotá. Las reuniones por Skype se me hacen cada vez más sorprendentes. La tecnología no se cansa de animarme a vivir.

11.   Una vez más, Acianela fue mi hada madrina. Me reclutó como Auxiliar Docente y volví a aventurarme en los caminos de un periodismo ideal, pero poco real en este momento. Luego, me lancé al agua formalmente: esta es mi primera Navidad como profe de Periodismo I de la UCAB.

12.   Fui tres veces a Choroní este año y las tres fueron igual de especiales: una a reencontrarme conmigo, otra con mi familia y, la última, con la gente del pueblo. Era nuestro regalo para él.

13.   Viajé sola a México. Fue un disfrute para el alma y un golpe durísimo al patriotismo.

14.   Ahora soy maestrante en Gestión y Políticas Culturales en la UCV. No me enorgullece demasiado la casa que vence la sombra, ni mucho menos la aplicación de los contenidos en el territorio de la mediocridad.

15.   Pasé el mejor cumpleaños del mundo. Me tiré en parapente, en tirolina y rapel, la pasé con el Star Rock System venezolano y, además, conocí a gente realmente inigualable.

a.       Después, repetí la experiencia en los senderos aéreos de Los Venados y en el Bosque de Chapultepec, en el DF.

16.   Nunca me imaginé en una clase de reguetón intermedio y la verdad es que me encanta. ¡Volví a bailar!

17.   Gracias a mi tesis, ahora escribo semanalmente sobre danza en el diario 2001.

a.       Por cierto, publicaron una página entera acerca de mi trabajo de grado, fue una nota.

18.   Sigo enguayabada políticamente. El 7O fue el día negro de la historia contemporánea de Venezuela.

19.   Hablé inglés todo lo que pude. En 2013 termino, palabra.

20.   Olvidé. Lo noté en los últimos días del año, pero sí lo logré. No puedo creer que me sienta tan bien.

21.   Mis amigos se empezaron a casar y a tener bebés. Tati me dice que me olvide de ellos, que me mezcle con pura gente soltera. Anda empeñada en que tenga un novio formal. A mí me empieza a gustar la idea.

a.       Tati cumplió 80 años y quiero que se quede así y conmigo, siempre.

22.   Fui cortejo de un matrimonio evangélico. Joel fue el único que me pudo acompañar. Y desde entonces (o desde siempre) sé que no puedo tener un mejor amigo en el mundo que no sea él.

23.   Me tocó calificar a Rigoberto, a Mery Cortez y a otros bailarines de Venevisión en el Desafío al Movimiento de Ímpetu. Qué buen momento.

24.   Fue un año de sanación: entendí quiénes son mis amigos, hice nuevos, sonreí.

25.   Contraté una asistente y caí en cuenta de que soy una periodista profesional que puede hacer marca y que puede enseñar.




El mejor año de mis años. Ahora soy más libre y más enamorada de los días. Tengo expectativa.

domingo, 14 de octubre de 2012

Decidir


8 millones de venezolanos que no tienen miedo. 8 millones de venezolanos que pueden salir de su casa después de cierta hora sin que nada les pase. Hay 8 millones de venezolanos que les gusta vestir de rojo por obligación y gritar consignas en marchas a favor del presidente, aunque piensen que lo que está haciendo no merece llamarse gestión. 8 millones de personas que prefieren vivir en un refugio o en una casa de anime porque eso fue lo que les dieron. 8 millones de personas que están educando a sus hijos en este momento a favor de un régimen autoritario que no permite viajes que cuesten más de 3 mil dólares al año.

8 millones de personas que no han caído en un hueco en la autopista, que nunca han visto la contraportada de los periódicos con noticias de gente muerta a manos de la violencia. 8 millones de personas que viven con las calles iluminadas y con la banda ancha de internet más rápida de América Latina. 8 millones de personas que prefieren los 20 medios del Estado a los canales de televisión por suscripción. 8 millones de personas a las que no les hace falta RCTV, el Ateneo de Caracas, las 34 emisoras que cerraron en 2009. 8 millones de personas a las que no se les va la luz, ni el agua, ni les parece que todo está más caro en el mercado. Y si llegaran a pensarlo no importa, lo importante, lo que de verdad verdad sucede, es que está en juego la vida de la patria. Así de abstracto lo dijo el líder. Así de abstracto votaron. Así de bochornoso es este país. De pasional. De maniqueo. De triste.

Son 8 millones los que quieren que su país se convierta en un gran barrio. Soy yo, que entré con mi mamá a nuestro apartamento vacacional en Margarita y lo encontramos desvalijado y sin derecho a pataleo. Es mi amigo Álvaro que ahorró durante todos sus toques para comprarse un apartamento y que, cuando lo logró, se lo expropiaron. Es la gente chavista de la maestría, que se ofende cada vez que los profesores hablan de gestión cultural de otros países y no nombran a Venezuela, o dicen que estamos en el último peldaño de desarrollo. Son los directores de Econoinvest presos injustamente y sin derecho a juicio. Es que no puedo ir a estudiarme un postgrado afuera a dólar preferencial porque, además del control de cambios, mi carrera no entra dentro de las prioridades del Estado. Para ellos, ser periodista es un desafío a la "Revolución".

Es mi mejor amiga de la infancia que se fue a vivir a San Francisco sin votar; mi primer novio que sí lo hizo y apenas cuatro días después tomó un vuelo a Manchester. Y así empieza una cadena de despedidas que otros ya han vivido, pero que ahora me toca a mí experimentar. A mí que no soy de la primera clase de pudientes que tienen a los aeropuertos como destinos obligantes desde que son niños, ni tampoco de la clase que vive en barrios y que celebra con balas todos los logros. Soy de la clase media arruinada que el presidente Chávez despojó de su poder adquisitivo y lo convirtió en puestos de trabajo para la clase obrera (en altos cargos y sin que hubiera meritocracia). No me encuentro, pero tengo que adherirme a los seis millones y medio de venezolanos despechados que ahora se comportan exactamente como no queremos: sin tolerancia, descalificando al otro, sin reconocerlo. Bloqueándolo de las redes sociales, respondiéndole con rabia. Somos seis millones y medio de personas inconformes que votamos por una esperanza que nos puso las pestañas rizadas y las lágrimas a flor de piel de creer que sí era posible, de actuar cohesionados, de sentirnos protegidos, de ilusionarnos tontamente de pensar que si ganaba Henrique Capriles Radonski nuestra Venezuela iba a ser eso: nuestra.

Las vacaciones ahora resultan, para aquellos que tienen la oportunidad de viajar al exterior, una suerte de estocada al poco patriotismo que nos queda. Son una burla al espíritu de aquellos que piensan que Venezuela es el mejor país del mundo. Difícilmente en otro país se pueda vivir rodeada de tanta violencia, de tanta inseguridad, de tanto autoritarismo, de tanta ceguera. Admiro al que votó porque le dieron un puesto y no lo quería perder, al que trabaja en algo que no le gusta pero que le pagan burda porque es del gobierno, a los que trabajan en los ministerios y hacen que las operaciones burocráticas sean aún más difíciles. Admiro a los malandros que ahora están en grandes cargos y sienten que son capaces de afrontarlos, aunque no hayan estudiado. Al que tiene la esperanza de que le den la casa, al que prefiere que su presidente tenga un discurso amparado desde la carencia. Admiro profundamente a todos los que salieron de Caracas en este fin de semana largo que celebra un día (aún este gobierno no lo define bien) que el régimen critica pero que, a pesar de que tumbó la estatua que le da nombre al Paseo Colón y que nos recomienda que mejor llamemos “afrodescendientes” a los de piel morena (sin saber que hay afrodescendientes de piel blanca), prefiere que nosotros nos vayamos a la playa en vez de trabajar.

Ahora esa oposición compacta que hasta el 7 de octubre pasado creyó que podía seguir sumando votos es una masa que flota en el espacio. Unos piensan que está bien que el excandidato se haya lanzado a la reelección como gobernador y otros no. Ya se dice que algunos no votarán en el mes de diciembre. Ya otros están agotando los pasajes en las líneas aéreas para darse unas vacaciones largas o pensar si ese destino que están agarrando por tres meses, mejor se hace definitivo. Porque este periodo de tres meses que le quedan al actual gobierno de Hugo Chávez tienen que servir de autoexamen para recrudecer el amor por uno mismo y las ganas de ser alguien. Ese alguien honesto. Estos tres meses no son solo para descalificar al otro o para hacer la carta al Niño Jesús pidiéndole que el cáncer se lo lleve. Son también para compactarse con esos ocho millones de venezolanos que quieren seguir en la profundidad del subsuelo o decidir. Decidir por una mejor vida. Decidir por otro camino. Convertirnos en un gran barrio o Decidir. Decidir. Hay que decidir. 


sábado, 4 de agosto de 2012

Caracas, reacciona


Creo que el asunto de la inseguridad en Caracas ha tenido un aceleramiento progresivo en los últimos meses. Cuando uno es joven y vive en un país como este, tienes que decidir una postura: o quedarte en tu casa viendo tele todas las noches, o asumir el riesgo de salir a la calle con todo lo que eso pueda acarrear.
Ustedes lo saben, yo me voy por la segunda opción. Ver la ciudad es lo mío. Leerla en sus matices, odiarla en sus errores y culparla por el abandono que se ha permitido. Nuestro lugar cosmopolita se ha visto afectado por el cierre temprano de los locales nocturnos, la eliminación de líneas de taxi en las madrugadas y calles solitarias.

Me lo dijo mi amigo Vladimir, quien siempre transita por Altamira: le robaron la cartera bajando hacia el metro luego de un par de birras en El Naturista, un viernes, como cualquier viernes. Lo sufrió la MAU en sus miércoles en el Trasnocho: toque una sola vez al mes, porque la inseguridad está cabilla. Y ahora se me contagió a mí la peor enfermedad de los caraqueños: el miedo.

Lo hablaba con un taxista en estos días –porque mi amigo Ángel me enseñó que ellos son quienes mejor entienden a una ciudad­-: a las doce de la noche ya no se venden hamburguesas donde Filipo en la plaza Altamira, que son un emblema. Y tampoco están ellos, los taxistas, porque creen que la gente ya no sale mucho. Algunos me han dicho que no me pueden llevar hasta mi casa, porque les parece peligroso. Pero a mí nunca me han robado en El Paraíso. Será que son ideas mías que “la cosa está fea” en todos lados.
En un año me han robado tres Blackberrys y ya estoy harta de echar el cuento. La gente te pregunta que cómo fue, para ellos cuidarse “y no andar por esas zonas”. Te regañan por “descuidado”, te dan tips para cuidarte, te dicen que cómo vas a salir a la calle, que cómo vas a andar por ahí a las siete (se lee siete) de la noche. Me llegaron a preguntar que cómo me iban a robar con un cuchillo, que no me dejara amedrentar. Que pague un taxi. Que me compre un carro. Que no hagas esto, que no hagas lo otro. Que no vivas. Pero que tampoco te vayas, que te quedes con tu impotencia. Siguen criticando que en un día de angustia, de indignación, uno diga que se quiere ir (demasiado).

El “demasiado”, por cierto, es un término muy común en mi léxico de contradicciones: demasiada impotencia, demasiadas ganas de salir adelante, demasiadas ganas de querer, demasiada soledad. Demasiadas oportunidades he tenido, también, de superarme. De burlar la violencia, de ser otra persona. Pero también demasiadas ganas de maldecir el mal manejo de poder que tiene este país.

Me robaron de camino a la Universidad en el vagón del Metro entre Artigas y La Paz, porque me sacaron el celular del bolso sin darme cuenta; me robaron con un cuchillo en Las Mercedes, caminando hacia Chacaíto, luego de mi clase de inglés en el CVA; y el sábado me robaron dentro de la sala Anna Julia Rojas de Unearte, viendo una función de danza contemporánea, porque se me cayó el celular del bolso mientras me paré a aplaudir y cuando me agaché a buscarlo ya no estaba. Nótese que en los tres episodios yo estaba en la calle con el propósito de recibir educación y cultura. Nótese que estoy en la calle pendiente de aprender de ella. Nótese que pudo ser peor. Sí, como no. Pero también que meterse el celular en la panty no es una opción que considero. Y menos en las tetas. Sobre todo porque no tendría cómo sostenerlo.

Pero tampoco quiero dejar de permitirme vivir mi juventud en fiestas, de comprarme el teléfono que me gusta, de gastarme mi dinero en lo que me dé la gana, de seguir trabajando en los proyectos que tengo pautados. Es injusto tener que cambiar el estilo de vida a antojo de quienes viven con malas mañas y borrándole la sonrisa al transeúnte. Es injusto perderse de vivir.

A todas estas, el celular es mi instrumento de trabajo. Solo por esto, he pensado en cambiarme de ramo y hacer algo que no me dé tantas preocupaciones. Pero no seré feliz si no estoy recorriendo la ciudad y sus circuitos, si no estoy compartiendo en las cada vez más pocas actividades culturales que se realizan en esta ciudad, si no las estoy produciendo yo y un montón de gente linda que sí hay por este lado de la conciencia ciudadana.

Hoy me tocó ser parte de la población harta, de la que no había tenido parte. Esta ciudad tiene ojos de gato, pero le faltan luces y unos lentes de miopía que la hagan despertar.

¡Caracas, reacciona!