viernes, 28 de agosto de 2009

El día que el mar se tiñó de gris

Hoy el mar se tiñó de gris, de marrón, de todos los colores que se parecen a la desesperanza. Fue como una doble despedida, una última oportunidad de palabras y oraciones. Fue un saludo a la nostalgia obligada, a la remoción de pasado.

Te descubrimos en cuerpo, y lo que se supone que fue tu alma. Te manoseamos frágil y delicado como eras. Te mezclamos con nuestras lágrimas… Y esperamos, en el más sutil de los silencios, la oportunidad perfecta para ponerte en contacto con tu tierra, con el color de tus ojos, con la historia de amor de tu vida. Nos contuvimos en el verbo, y arrojamos el vendaval de sentimientos “al olvido”.

Como siempre, lograste unirnos de nuevo. Hacer lo que parecía imposible, aún en la complicidad. Seguir la normalidad de una familia cualquiera. Me hiciste pensar. No solo recordar, sino pensar. Analizar que todo se da como tiene que darse. Que las situaciones pasadas se interceptan en las futuras, y que tu legado sigue llenándonos de magia en el día a día.

La ley de vida quiebra mis planes, y me lleva a suplicarle al tiempo un rato más, una despedida lejana, un paseo de media noche. El de la playa, ya me lo dio. Por lo pronto, mi pasatiempo inmediato es ver tu sonrisa en el rostro cada vez que dirijo la mirada hacia mis recuerdos.

No me queda más que agradecerte, por ahora ser parte de la naturaleza. No me queda más que sentir cómo me abraza el viento, devolviéndome al momento de la despedida. No me queda más que imaginarte al lado de Dios, observando mis conductas como nunca lo hiciste, velando por la pulcritud de mi trabajo (que hubieras disfrutado al máximo), y comentar contigo el día a día —yo desde mi computadora, y tú en tu silla del balcón—. Esa conversación podría ser eterna…

Lo será, seguro que sí. Nos vemos pronto.

1 comentario:

L'Angelček dijo...

No es fácil decir adiós y mucho menos si ese adiós es obligado.
Lo importante es saber que a partir de ahora no muere la relación, simplemente pasa a ser una relación diferente.
Un besote, Mar.

L'Angelcek