Como siempre, antes de escribir le pedí a Dios que pusiera en mi boca (dedos) las palabras correctas para describir lo que siento. Todos sabemos que es muy difícil representar las emociones del día a día a través de ellas. Sin embargo, esta semana tuve la oportunidad de escuchar varios discursos en los que pude imaginarme el que yo diría, en cada uno de los casos.
Para mí, dirigirse a una audiencia es la oportunidad de representar a toda una comunidad que ha vivido, en síntesis, lo mismo que tú. Pero también es hablar de todo lo que se ha vivido hasta el momento y más si ya se ha estado en un escenario, papel en mano. Es una oración subordinada, una semiosis ilimitada con adjetivos calificativos. Para quienes tenemos la cualidad de creer y soñar a través de las letras, resulta curioso adentrarse en la historia de cada uno de los que están al micrófono en ese momento.
Sin embargo pasa que, muchas veces, de la excelencia se pasa al detrimento. No siempre el tiempo es evolución, queda demostrado. Hay quienes se quedan anclados en el pasado, recordando heterónimos de una relación, en la que muchos de los protagonistas hoy están, pero de otra manera. Afloran las lágrimas y la melancolía de volver a lo que una vez fue. Son seres humanos que quizá no han vivido nada más importante. Ya al tiempo le provocará detenerse en algún momento, aunque algunos gritemos que ya es hora.
Por el contrario, hay quienes han crecido con otras sensibilidades, sin necesidad de llorar. Son personas dispuestas a creer en las deficiencias de quienes están al lado y hacer de ellas una oportunidad maravillosa en nuevas rutinas. Son quienes al pasar de los años han querido despegarse de sus raíces para emprender nuevos caminos, por sí mismos. Son quienes hablan de la virtud como único requisito para entrar en su salón de la fama personal.
Otros, simplemente están experimentándose. Asunto fundamental. Para creer en las sectas que se ven fuera, hay que crearse una religión propia. Y eso es lo que veo en la piel de quienes siempre parecieron agnósticos. Aunque no medien palabra con el horizonte próximo, saben con quienes cuentan, analizan las posibilidades y ya están al tanto de que las deidades no están en La Tierra… Porque sino se llamaría Olimpo.
Un discurso es una gran oportunidad, repito. Quisiera probarme porque, de decir uno, me gustaría escribir una letra que supiera a victoria cuando la pronunciara. Algo que demostrara todo lo que he vivido, la óptica que tengo hoy en día de todas las cosas que me han sucedido y desde mi perspectiva emanar cariño, más que recuerdos, y dejar un grato sabor a enseñanza, más que a lágrimas.
El recuerdo se celebra cuando se lleva en las entrañas y se ha aprendido de la experiencia; cuando se es de espíritu libre, de sonrisa sincera, de palabras que hieren cuando deben hacerlo, pero también de todas las sensibilidades que surgen al escuchar las palabras de quienes duelen y definitivamente son parte de ti. Sin poder negarlo nunca.
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