Quiero que sea una noche de domingo en la que te provoque verme por dos segundos, aunque sean las tres de la mañana. Quiero que llueva a cántaros y que la nostálgica luna no aparezca, para que podamos mirarnos en un rincón empañado en el que esté prohibido rozar los vidrios, en donde los curiosos no puedan absorber ni un milímetro de magia. Me provoca estar en época de clases y faltar solo porque el amanecer me dejó embriagada, a tu lado.
No quiero dejar de tener los labios rojos, y menos las mejillas. No me provoca pensar en futuro, sin antes vivir el presente. No quiero devolver el tiempo, porque solo quiero avanzar haciendo lo que nos gusta. No quiero representar el “mal”, si eso sólo significan lágrimas. No quiero ilusionarme, si todo es un espejismo. No quiero tener que escribir solamente para calmar mis deseos de llegar hasta aquí.
No quiero que sea 24 de diciembre, si no estás conmigo para celebrar la Nochebuena. Pero quiero que seas mi regalo de Niño Jesús. Ay tanto que quiero y no quiero, que no sé qué concluir. La vida es contradictoria en sí misma y esa es una ley de vida que no ha escatimado en papel y tinta gastados en tantas palabras hechas prosas, versos y canciones que traten de explicar ese fenómeno…
Eres mi carta abierta con deseos infinitos. Eres el espacio que no tengo en mi casa para vivir mi intimidad. Eres el texto predecible. Y el bolero cursi, y la copa vacía (y el post cortavenas, por supuesto).
Antes de comenzar a celebrar, quiero brindar por ti. Por lo tormentoso del momento. Por los que no han sido y no sé sí vendrán. Porque eres un mismo hombre que cambia de nombre según las circunstancias. Por la incertidumbre. Por mí, a la espera de un motivo para sonreír. Por estas Navidades que saben a alcohol de celebración obligatoria. Y porque ya no importa si estás o no… Ya solo importa la construcción gramatical de este escrito… que debe tener mil errores. Y eso tampoco me importa.

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