jueves, 25 de noviembre de 2010

Novio Invisible

Tengo un novio invisible que me arropa con su calidez en estos días de frío y que me hace, de nuevo, pensar en clichés. Uno con el que siento mariposas en el estómago, que aparece y desaparece, que cuenta en futuro sus historias de amor. Uno que me prohíbe reír, porque dice que lo hago en exceso, y que eso es “absolutamente atractivo”.

Mi novio invisible utiliza muchos adverbios. Y cree en el amor. No sé qué conclusión pueda sacar con esos dos sumandos, pero me resulta interesante. Junto conmigo, es la perfecta combinación para una cuña de United Colors of Benetton. A él le gusta el chocolate y a mí la fresa. Tiene en su haber unas 25.000 canciones que debo conocer, una lista de películas que ni por casualidad he escuchado mencionar y un idioma de señas “secreto” (entiéndase malandro + lógico + enrollado + educado + historiador + comunicador + cualquier otra cosa que usted desee colocar en este espacio). Es un código que de a poco hemos creado, para que esto de la “invisibilidad” no nos delate. Eso sería como… Un adjetivo calificativo colocado a destiempo.

Este chico utiliza un juguete poco convencional y lo carga consigo siempre. En cambio yo, que debería ser la más niña en este asunto, dejo mis juegos a un lado cuando estoy con él. Aunque su condición no nos permita vernos, sé que él está conmigo cada día. Forma parte de mis sueños y ve a través de mis anhelos. A veces, cierro los ojos y siento sus manos cruzar las mías. Y ahí aparece. Se vuelve realidad, tal como me lo había imaginado: sin prejuicios, con ganas de quedarse así para siempre. Comienzo entonces a creer que estamos en una burbuja inmensa, en otro plano de la realidad, donde su condición no nos impide ser felices. —Las diferencias entre dos también pueden ser del tipo emocional—, me digo a mí misma. Pero cuando el tiempo pasa, la invisibilidad se vuelve sombra, polvo, se empieza a notar… Porque esta condición se vuelve enfermedad… Y las enfermedades, generalmente, se pueden curar.

Esta mañana me habló. Fue la primera vez que lo escuché, contundente y franco. Sin pensar en el futuro, como lo hace siempre. Eso me sorprendió, porque me di cuenta que la capa de oxígeno, se está abriendo paso.

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