martes, 29 de noviembre de 2011

Hasta aquí llegaste, Daniel

Esa mañana Daniel llegó a mi casa con una seguridad implacable. Quería, como siempre, hurgar en mi computadora, en el morral de la universidad y en mi armario. Llevábamos cinco años viéndonos la cara todos los días, haciendo cada asignación juntos y reuniéndonos los fines de semana para descansar la actividad de la semana con un par de birras y echar algún piecito en casa de nuestros amigos, que tenían más que una pista de baile preparada, siempre, cada fin de semana.

Apenas llegó, empezamos la conversación de rigor: el salón de clases y sus cuentos semanales. Luego de cumplido el primer aspecto formal que nos ocupaba –la chismeadera, porque Daniel es uno de esos buenos compañeros para echar cuentos– el chico de los veinte centímetros menos de estatura promedio, quería que mi cuarto se convirtiera, una vez más, en su calificación perfecta. Era nuestra penúltima práctica de universidad juntos. Yo estaba melancólica y él hastiado de las exigencias de la academia. Quería que se acabara ya, que no hubiera más compartidera. Pero esa mañana el mero macho del salón llegó a mi casa con un tono de voz afeminado y probándose faldas, medias panty, estirándome las lycras que utilizaba para hacer ejercicio y con un monólogo en mano: el de La Agrado, esa transformista famosa de la película de Almodóvar.

Mi compañero de universidad también me pidió zapatos de tacón alto, lentejuelas, marabú y que lo maquillara. Esta práctica de Dirección Actoral ya nos estaba costando la vida –y hasta parte de la amistad. Al día siguiente, cuando empezó el examen, Daniel bailó Locomía y dijo su discurso con unos códigos que después no nos evaluaron tan bien como hubiéramos querido. Yo estaba apenada y sola en cabina, con la excusa de estar al mando de las luces en la sala de teatro, sin ganas de salir. Pero Daniel había pedido que lo filmaran mientras derrochaba feminismo en el escenario. Después, el enanito pidió poner el video en Facebook para que vieran que era una mujer respetable, aunque mal dirigida. Cuando terminó con la célebre frase: “Uno es más feliz mientras más se parece a lo que más ha soñado de sí misma”, recordé la mañana anterior cuando pude haber escondido mis años de bailarina y mi vestuario de lentejuelas para quedarme con una mejor impresión del personaje. Y, coño, pana, ahí también recordé que él no se parece a lo que he soñado para mí y que, asqueada por el hecho, desperté pensando que, por más que quisiera, Daniel no pudiera ser nunca el hombre de mi vida.

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