lunes, 12 de diciembre de 2011

Rosa de supermercado

Lunes. 6:30 am. Suena el despertador y Robert mira por la ventana de su cuarto, como todos los días. Ah, sí. Ahí está. Saliendo de la planta baja del edificio del frente, por una puerta que pareciera giratoria, esa que la refleja con su abrigo negro y las mejillas sonrojadas, además de un sustancioso metro sesenta. Robert camina con ella hasta la otra ventana, la de la sala, desde donde puede verla mejor. Sin embargo, la sombra del edificio le pega directamente en los ojos y nunca ha podido detallarla con mayor precisión que la de un piso 10. La chica tiene puesto un jean y unas botas que le hacen juego con los accesorios. Ya es hora de cruzar la calle. Pero antes Robert, como todos los días, le pide al semáforo un minuto más. Y con ese amarillo que anuncia el “alerta”, se despide hasta el día siguiente. 6:35 am.

Miércoles. 6:30 am. El despertador suena, pero Robert está muy cansado. A las 6:32 am al fin toma conciencia de levantarse, de verla, de observar cómo está vestida hoy bajo la lluvia. Corre directamente a la ventana de la sala y ya el amarillo del semáforo cambió a rojo. Él cree que es aquella del abrigo negro y el paraguas gris. Pero, ¿a quién engaña? En época de lluvia y entre tanta gente cruzando en la misma esquina, es mentira que puede distinguir a alguien a quien nunca ha mirado a los ojos. Terry, el perro, le hace un gesto compasivo antes de acostarse de nuevo en el sofá de la sala. La mascota sabe que eso es una pequeña obsesión.

El jueves Robert despertó puntualmente, como disculpándose por su falta de compromiso del día anterior. Pero ese día ella, la del metro sesenta y mejillas sonrojadas, no se dejó ver. Robert hizo la rutina de nuevo: limpiarse los ojos con las manos, levantarse de la cama, ver por la ventana de su cuarto, correr a la de la sala y ver el gesto compasivo de Terry, que ese día parecía más el quejido y un “tate quieto” que los “buenos días” de su mejor amigo.

Qué mal augurio fue la falta de ella en la ventana, 10 pisos más abajo. Robert se metió a la ducha, decidido a olvidarse de la desconocida en ese mismo momento. Pero apenas un chorrito cayó sobre su cabeza, el agua se fue en todo el edificio. ¿Quién puede empezar un buen día de esta manera? ¡Todo es tu culpa, ojos ocultos! Corrió al cuarto a vestirse apresuradamente –entre la rabia no se había dado cuenta de su demora de 30 minutos­- y decidido a entrompar el tráfico, se dio cuenta de que había dejado el reproductor del carro en el apartamento. Ring, ring, sonó el celular. Y con una maniobra entre el volante y el teléfono, que estaba en el asiento del copiloto, ¡zas! Un motorizado pasó y lo agarró primero. Es que, claro. ¿A quién se le ocurre pasar por la autopista Francisco Fajardo, a la altura de San Agustín, con los vidrios abajo? Robert lo había visto todo, como si un control remoto externo hubiera puesto la imagen en cámara lenta: mano derecha en el volante de la moto, mano izquierda, con el cuerpo inclinado, en el copiloto de su carro. Y el espejito retrovisor, maldito, llevándose la pintura del Optra azul. Sonaba el rayón, se escuchaban las groserías de Robert, continuaba sonando el Blackberry, ahora robado, y a él lo que más le importaba era que esa mañana no había podido ver a la fulana.

Llegó a la oficina y el gerente de la empresa lo estaba esperando con una serie de tareas por realizar. Media resma de papel por firmar para dar permiso a la ejecución de obras. En su intento por reclamarle la tardanza, Robert solo pensaba el plan que ejecutaría al día siguiente, para poder presentarse ante la dama desconocida. Las palabras del gerente pasaban en mute mientras Robert maquinaba que saldría unos minutos antes de la oficina, para poder comprar una rosa roja, con la cual sorprenderla en la planta baja de su edificio. Sin embargo, la cantidad de asuntos por resolver hicieron que se quedara dos horas más de lo acordado.

A las 8:00 pm del jueves los quioscos de flores, que no abundan en Caracas como en otras ciudades del globo, se mimetizan. Solo queda la opción del supermercado exprés. Ya el carro estaba rayado, así que cero maniobras para estacionar. Robert paró el Optra en cualquier lugar y fue directo al sitio de las rosas congeladas y envueltas en un celofán sin gracia. Cuando fue a pagar, se dio cuenta de que la cajera tenía unas botas negras que hacían juego con sus accesorios, que tenía los cachetes rosados y que la gorra con el logotipo de la empresa donde trabajaba le hacía sombra en los ojos. No podía ser ella. Le hacía falta el abrigo negro, de todas formas.

“Rosa” dijo ella extendiendo la mano para recoger el producto y pasarlo por el lector magnético. El tipo, anonadado, pagó y se fue. Otra vez la cámara lenta, como si su día no hubiera estado lleno de momentos para detenerse.

Pero cuando Robert llegó a su edificio, vio una sombra en la planta baja. Abrigo negro, jean, botas a juego con los accesorios y mucha oscuridad. No podía ser que todas las chicas se parecieran a ella. Pero esta tenía una rosa roja en la mano, como la que había comprado en el exprés. Robert detuvo el carro y se aproximó con cierta culpa de estar persiguiendo a una desconocida. Ella sonreía, cada vez más segura de que el tipo en cuestión iba por ella.

-Esto es tuyo.

-¿Mío?

-Sí, lo dejaste en el exprés.

Y ahí Robert supo que Rosa, independientemente de su nombre o historia, era la chica con la que quería romper la fantasía, de una vez.

-Quien quiera que seas, esto es para ti.

La rosa descansó en la mesita de noche y Terry, al fin, no tuvo que levantarse con alarma al día siguiente.


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